Hasta las calles que rezuman sonidos de guitarra y castañuelas se han congelado en un largo intermedio de silencio.
Hasta las naranjas que cuelgan brillantes en los paseos están envueltas en un halo de callada niebla.
Hasta los patios ingeniados para regalar frescor resultan inhóspitos porque fuera hace más frío aún.
Si hasta las ciudades más vitales tienen su invierno, habrá que convenir que es natural que lo que a algunos nos pida el cuerpo sea un largo periodo de silenciosa hibernación.
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Sevilla, 6/12/2009.
Cartas sobre la vida
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