martes, 17 de junio de 2008

tudo muda

Las habitaciones del Palácio da Pena están bañadas en la penumbra que proporcionan unos pocos candelabros eléctricos repartidos entre los muebles. El día es soleado pero las contraventanas están cerradas, seguramente para proteger maderas y tapices del efecto corrosivo del sol. La decoración de cada habitación es diferente, tan pronto oriental como austera, abundante en espejos o pintada con trampantojos. Sólo el pasillo que dirige a los visitantes, delimitado con paneles transparentes, está libre de la abundancia de mobiliario y cachivaches de las salas que se van sucediendo en el itinerario planificado.


En una esquina del salón en penumbra una puerta baja da paso a lo que parece una habitación menos iluminada que las demás. Al acercarnos surge de la oscuridad una mujer menuda pero de mirada penetrante que se interpone en el estrecho camino y comienza a hablarnos. "No soy guía", nos dirá después. "Mi labor es de vigilancia", aclarará, "sobre todo me encargo de que nadie haga fotos" -y comprobamos su enfado ante una repentina luz de flash en la habitación oscura que nadie sabrá quién activó. "Pero hablo gustosa a quien considero que está preparado para escuchar."

Y su relato habla del rey Fernando II, que adquirió en 1839 un terreno rocoso y árido en lo alto de la sierra de Sintra, donde quedaban las ruinas del Monasterio de Nuestra Señora de la Peña después del gran terremoto de 1755, y comenzó a diseñar el actual palacio. El rey combinaba un espíritu ilustrado con el conocimiento del mundo que le proporcionaban sus viajes a lo largo y ancho del entonces vasto imperio portugués. Y contó con la colaboración del Barón de Eschwege, ingeniero de minas, arquitecto de vocación, amante de la naturaleza y, sobre todo, buen representante del más profundo espíritu romántico alemán.




Según la mujer de ojos nerviosos, entre los dos planearon una radical transformación del entorno natural. Buscaron las fuentes subterráneas de agua y diseñaron un sistema de riego que permitiera la vida de las plantas en lo que hasta entonces no habían sido más que rocas peladas. Trajeron especies vegetales de todos los lugares que estaban bajo sus dominios y consiguieron convertir la piedra desnuda en un vergel de vegetación que hoy en día constituye un ecosistema con vida propia, que se mantiene de forma absolutamente autónoma, y con su propio microclima, rebosante de frescura y humedad. Todo un ejemplo de la capacidad de transformación de la naturaleza por la mano del hombre. Un paradigma del ideario del romanticismo: nada es estable, todo se mueve. Y en esa evolución está la esencia de las cosas, del mundo.


Como dijo la mujer abriendo una vez más las manos que frotaba con energía mientras hablaba, "tudo muda".

Todo cambia. También las personas -o al menos nuestra relación con ellas. Algo que, cegados por una inútil aspiración de eternidad, se nos olvida a menudo.

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Palácio da Pena (Sintra), 13/6/2008

1 comentario:

RAMMSES dijo...

Ojala se tuviera más de esa capacidad de transformas la cosas para bien, de manera sostenida...
Difícil a veces.
Gracias por el paseo virtual.
Abrazo amigo.